Recorro Cuba entre el anonimato y el desamparo

Recorro Cuba entre el anonimato y el desamparo

Exilio patrio.

Recorro mi país entre el anonimato y el desamparo. De un sitio a otro, sin paradero fijo, sin que nada me muerda el corazón, solo la terneza de los hijos, la hidalguía, el socorro de tres o cuatro amigos que a deshora se multiplican para protegerme de las jaurías que me asechan, y una novia allende los mares, como quien dice a descuido, del otro lado del mundo, esa muchacha, que pinta y escribe poesía para tratar y tratar de achicar el mar que nos separa como si fuese una barca agujereada, que cada vez hace más agua, porque existe un manantial en el fondo.

El país ahora me resulta mucho más maltratado, Cuba está en ruinas. Y los patriotas que se duelen de sus males, por más que intentan denunciarlo, cada día se cierran más y más las puertas, y el mundo hace oídos sordos, caso omiso, aunque nos desgañitemos por las ventanas, y los agujeros del techo.

4-fot-de-panoramioSobrevivo de lo que publico en periódicos y revistas independientes, o en el extranjero. No tengo la fortuna de Pánfilo, él, al menos tiene su libretica sucia y maltratada de (des)abastecimiento, yo ni eso, ni casa que me resguarde del sol, los astros nocturnos y la lluvia. Soy uno de los exiliados que sufren proscripción en su propio país, diáspora nacional. Censurada está mi poesía, en ostracismo están mis días. De custodia permanente traigo detrás cuatro o cinco chivatos, apadrinados por la policía.

Dicen los amigos: “Eres un dichoso. Existes”. Y yo les sonrío.

No poseo nada que heredar a mi familia, a mis tres hijos, no me avergüenzo, todo lo que pude atesorar en cincuenta años de malvivir, desde el mismo 10 de diciembre de 1965, día en que nací, ya lo debía de ante mano al gobierno Revolucionario que se quedó con mi existencia, me puso en los pulmones un tubo para transferir oxigeno de cuando en cuando, por si alguna vez osaba olvidarlo, revelarme, protestar, disentir, ellos se encargarían de recordármelo. Desde entonces, soy uno más de esos más de 11 millones de marionetas que hacen mover a un país en deterioro perpetuo con un marcapaso y una venda en los labios, de alambrón torcido.

una-nochePara no olvidar que existo, cargo con el amor de los que quiero a todas partes, y saber que aún vivo, y en la mochila llevo libros de Eduar Encina, Emmanuel Castells, Mariela Varona, Maribel Feliú, Ghabriel Pérez, Jorge Luis Serrano, Carlos Esquivel, José Alberto Velázquez, Frank Castell, Diusmel Machado, Iliana Álvarez, Francis Sánchez, Otilio Carvajal, Marvelys Marrero, Rafael Alcides, Ángel Santiesteban, Nelton Pérez, Carlos Augusto Alfonso, el país letrado en el morral, mapa literario con el cual sobrevivo entre la calamidad y la miseria calibrada, con el soporte literario cubano que con hilos invisibles ato a mi corazón para que no se difuminen con tanta ola de por medio, tantos puntos visibles en países distantes, amigo escritores que no menciono porque la lista de dolor en balsas es ya un aullido provoca por los Castros.

No sé cuántos pernoctan en el país como lo hace este poeta, a la intemperie de todo y de todos, es una vida jodida, pero sin culpas, aunque casi a todos nos haya jodido la vida la Revolución, unos lo asumen con honestidad, otros lamiendo las botas a los amos. Y lo peor es que el mundo no quiere reconocer nuestra situación diaria, al menos cada una hora huyen de Cuba tres cubanos por el mar.

los-balseros-cubanos-siguen-llegando-a-eeuuHoy me acaban de notificar que un grupo de muchachos de mi barrio Vado del Yeso, en el municipio de Río Cauto, donde viví parte de mi maltrecha existencia, salieron huyendo de la Patria en una embarcación para Miami, y se ahogaron en las cercanías de sus sueños, fueron masacrados por tiburones, no sé si alguno logró sobrevivir al susto y a las mandíbulas asesinas. Muchos de ellos ya habían hecho intentos vanos de huir de su Cuba linda y querida en múltiples ocasiones. Entre los ahogados está mi amigo, el barbero José Gobea, gran conversador, lector empedernido, quería prosperar en la vida, por lo que se echó desesperado a la mar, a lo desconocido.

Ahora no quiero imaginar su desesperación cuando la barcaza en la que se iban ya no pudo aguantar más las embestidas de olas de un mar bravío, y furioso, al aumentar la desesperación por el asecho de los tiburones, cuando el sol ya había dado cuenta de sus pieles, que ardían como fogatas en el desierto, sus gritos, la desesperación al agotárseles el agua, el alimento, cuando el monte de crestas se levantó como lenguas del infierno para tragárselos.

No existirán sus cuerpos para velarlos en familia, ponerles ramos de flores, sepultarlos en el campo santo del barrio, justo al lado del Río Salado, porque ya a estas alturas sus restos, carnes, huesos, son porquería de peces disueltas en las aguas del océano.

Y es que eso somos los cubanos disueltos por la isla, excremento del tiempo vivido.

 

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